05/10/2009
Movimientos armados en
Latinoamérica: ¿volverán?
Marcelo
Colussi
Colaboracion:
¿Qué pasó con las guerrillas?
Desde hace algún tiempo suele decirse que los movimientos armados en
Latinoamérica, las legendarias guerrillas de corte socialista, han desaparecido,
y además que ya no son una opción política válida. De ambas aseveraciones puede
decirse que son relativas. Es decir: hay que ver quién dice eso, y en qué
contexto.
Sin ningún lugar a dudas vemos
que muchos, o quizá la mayoría de movimientos político-militares nacidos hacia
los años 60 y 70 del pasado siglo desaparecieron, fueron derrotados en el plano
bélico. Esa es una verdad inobjetable. La política contrainsurgente impulsada
por Washington en el marco de la Guerra Fría, que dio como resultado la Doctrina
de Seguridad Nacional en que se formaron las fuerzas armadas de la región, fue
el factor clave para contener el ascenso de las luchas populares y los
movimientos armados que se expandían por aquel entonces. Sería miope no ver que
de casi todas esas guerrillas -muy bien organizadas en su momento, con fuerte
impacto popular en muchos casos- hoy día no queda nada, o queda muy poco. O peor
aún: lo que queda es un espíritu de derrota y un profundo miedo incorporado en
el imaginario colectivo. ¿Cuántas de ella hoy ejercen el poder político en sus
países? ¿Cuántas quedaron totalmente desintegradas?
En general, todos los
movimientos armados que se alzaron para aquella época sufrieron terribles golpes
merced a las guerras sucias que barrieron el continente, con tácticas que no
repararon en nada. La desaparición forzada de personas, las torturas, los
ataques indiscriminados contra población civil que jugaba el papel de su base
social, el clima de militarizació n de toda las sociedades, la sistemática
violación de derechos humanos básicos como parte de las campañas intimidatorias,
todo eso fueron elementos de la maquinaria contrainsurgente con que se les
derrotó en el plano militar. Pero lo importante a destacar es que ello no sólo
significó una derrota bélica: fue, básicamente, una derrota para toda la
población civil. Luego de ese tiempo de combate contra el “enemigo interno”,
cuando el fantasma del “comunismo apátrida y ateo” fue el blanco de todas las
fuerzas armadas de prácticamente todos los países latinoamericanos, lo que quedó
fue una desmovilizació n mayúscula, terror instalado en todas las poblaciones,
desánimo.
Sobre esa derrota -que es la
derrota de las guerrillas, pero más aún lo es de los procesos organizativos de
los pueblos- se erigieron las políticas de ajuste estructural que hicieron
retroceder a todas las sociedades en varios años. En el medio de la euforia
triunfalista del gran capital, reforzada por la caída del bloque soviético, se
cerraron prácticamente todos los espacios de disidencia política. La idea de
protesta armada quedó sepultada en el olvido. Los movimientos guerrilleros que
lograron sobrevivir la debacle de las políticas neoliberales no tuvieron mucho
más espacio político que negociar salidas decorosas (con mucho de rendiciones
encubiertas, porque no había condiciones para seguir la lucha). Así, con suertes
distintas, se transformaron en fuerzas políticas en el marco de las democracias
constitucionales vigentes.
Retomando la afirmación con que
se abría el artículo, podemos decir que es cierto en relativa medida que los
movimientos armados desaparecieron, pero no lo es totalmente. En Colombia
continúan vigente, y de hecho, de los dos grupos que operan, uno de ellos es el
más viejo del continente, con ya más de 50 años de existencia y un poderío que
no parece poder ser derrotado en lo inmediato (según estimaciones de estrategas
tanto colombianos como estadounidenses, así se replegaran totalmente, las
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia demorarían unos 20 años en ser
vencidas en el plano militar). Por otro lado en Chiapas, en el sur de México, el
movimiento zapatista (movimiento guerrillero bastante sui generis, por cierto, que no usa las
armas, pero guerrilla al fin) sigue vivo y sin miras de ser derrotado en lo
inmediato. Es decir: si bien en términos generales estas expresiones han sufrido
derrotas contundentes en lo militar o se han “reciclado” pasando a formar parte
del juego político vigente (con saco y corbata, y todo lo que eso significa), no
puede decirse que hayan desaparecido en su totalidad: en algunos lugares siguen
operativas y los planes geoestratégicos de Estados Unidos para todo su patio
trasero las contempla como un factor importante del panorama
político-social.
Pero lo más importante de la
afirmación citada va en relación a si, hoy por hoy, son o no una forma política
válida.
¿Opción política?
Habría que contextualizar la pregunta: ¿opción “válida” para quién? ¿En
qué sentido? Para las derechas, obviamente que no lo son. Son subversivas, y
punto. Es decir: son la más radical expresión de opción de cambio, mucho más que
cualquier partido político de izquierda (los de saco y corbata), o que un
movimiento popular incluso, visto que se ayudan con el poder de las armas. Ahora
bien: para el campo popular, para quienes pueden pensar y anhelar genuinamente
procesos de transformació n, ¿constituyen hoy los movimientos armados una
salida?
Después de las experiencias de
terribles represiones vividas las décadas pasadas en Latinoamérica, y luego de
la fenomenal marea mediática que une “izquierda” con “violencia” -ahí está el
caso Chávez como patética expresión de esta matriz que ya se ha impuesto: el “autoritario castro-comunista que, mostrando
los dientes, exporta su revolución y su socialismo del siglo XXI por otros
países del área trayendo la confrontación”-; después de los fantasmas de una
Guerra Fría que nunca se han extinguido -el “comunismo” sigue siendo malo y
violento por antonomasia, “expropia
televisores o artículos de cocina y roba niños para dárselos al Estado”-,
después, incluso, del fracaso de proyectos de izquierda que se centraron en la
acción armada (desde la columna guerrillera del Che en Bolivia hasta las
guerrillas urbanas de Uruguay y Argentina, desde los movimientos guerrilleros de
Venezuela de la década del 60 hasta el desaparecido Sendero Luminoso en Perú,
etc., etc.), en todos los casos desarticulados y exhibidos como “fanáticos
violentos” que sólo trajeron desgracia a los pueblos donde operaban; después de
todo este historial no muy glorioso precisamente, queda la pregunta: ¿son
realmente una opción válida para plantearse cambios revolucionarios?
En estos momentos, inicios del
siglo XXI, el poder de la derecha política, de los grandes capitales, de la
industria cultural que maneja planetariamente las cabezas de buena parte de -por
no decir toda- la humanidad, es grande, muy grande, desmedidamente grande. Su
poder asienta, entre otras cosas, en el miedo que ha creado, y en la sensación
de casi invencibilidad con que se presenta. Los movimientos armados
sobrevivientes pudieron comprobar fehacientemente este poder con el operativo
que terminara en marzo del 2008 con el segundo comandante de las FARC, Raúl
Reyes, en una incursión asistida con la más desarrollada tecnología militar que
pudo detectarlo de noche en el medio de la selva. Ante ese sofisticado y
aparentemente imbatible poderío militar cabe la pregunta práctica, lógica y
necesaria, con los pies sobre la tierra, si es posible enfrentarse con visos de
realidad a esa fuerza que se muestra tan colosal. Poder de fuego, por cierto,
del que dispone la gran potencia del Norte y que se puede traspasar a las
fuerzas armadas de cualquier país latinoamericano para controlar estos
movimientos subversivos. Si la diferencia militar se muestra tan grande: ¿es
legítimo entonces, es racional, es lógico plantearse la lucha armada
hoy?
Esta es una pregunta no sólo
práctica sino en definitiva -y quizá básicamente-, ética: ¿para qué se organiza
un movimiento de lucha armada? ¿Qué se busca con una organización
político-militar como cualquiera de las numerosas guerrillas que han surgido en
Latinoamérica? (igual que en otras partes del mundo, en África, en Asia). La
lucha armada no es un deporte, no se lleva a cabo por el puro placer de disparar
tiros, obviamente. Tiene una finalidad política. Es un instrumento, una
herramienta, un paso para la consecución de fines superiores: la toma del poder
político acompañando procesos populares de construcción de un nuevo modelo de
sociedad. Por eso, lo que la motiva es una cuestión profundamente ética, de
convicciones, de principios irrenunciables. Aún a riesgo de parecer producto de
un soñador desconectado de lo real, valen los versos de Luis Burela: “¿Con qué armas, señor, pelearemos? ¡Con las
que les quitaremos! dicen que gritó”. Por todo ello, entonces, no deja de
ser necesario aclarar lo que se preguntaba más arriba: después de las
experiencias de movimientos armados fracasados, y ante la despolitizació n que
sufren las sociedades productos de las represiones sufridas y de los planes
neoliberales que sólo dejan espacio para la sobrevivencia a las grandes
mayorías, ¿cómo encarar una lucha transformadora? ¿Son realmente válidas las
expresiones armadas? Hoy por hoy, ¿pueden triunfar y dar paso a la construcción
de experiencias como las de Cuba o Nicaragua, que fueron justamente triunfos de
guerrillas acompañadas de pueblos movilizados?
Si vemos la respuesta de la
derecha (la de Washington y la de las oligarquías nacionales de los países de
América Latina), es que no. Luego de Nicaragua, la última revolución triunfante
del siglo XX, en 1979, la represión fue feroz. Los movimientos armados de la
región centroamericana, que al igual que los sandinistas podrían haber llegado a
tomar el poder político con el fuerte apoyo popular con que contaban, fueron
brutalmente reprimidos. El genocidio de Guatemala (200.000 muertos y 45.000
desaparecidos, proporcionalmente comparable al holocausto judío de la Segunda
Guerra Mundial) y las masacres de El Salvador (75.000 muertos) son la elocuencia
de cómo se les cerró el camino a esos grupos insurgentes. Luego de feroces
procesos de guerra sucia, ambos terminaron deponiendo las armas y concertado
salidas negociadas a las guerras internas en que se encontraban. Puestos ya en
la arena de la lucha constitucional, siguieron derroteros distintos, pero más
allá de las evaluaciones de cómo se movieron cuando pasaron a la legalidad, sus
posibilidades de impulsar transformaciones sociales quedaron muy menguadas. En
Guatemala pasaron a ser una muy pequeña fuerza política casi sin incidencia
parlamentaria, y en El Salvador, si bien ganaron la presidencia a principios del
2009 -con la figura de un extrapartidario, no hay que olvidar-, queda la
pregunta de hasta dónde podrán profundizar cambios reales. De hecho, en este
orden, el legendario movimiento urbano Tupamaros, de Uruguay, acompañó al actual
presidente, Tabaré Vásquez, y ya vemos por dónde anda este gobierno (más de lo
mismo, no pasa -o no puede pasar- de las recetas neoliberales) . Entonces:
¿“traición” de los Tupamaros, o constatación de las posibilidades reales de
cambio que puede ofrecer la legalidad capitalista?
La pregunta abierta gira
básicamente en cómo construir alternativas reales para la transformació n social;
los movimientos armados que se creyeron una herramienta para ello algunas
décadas atrás, hoy día abren estos interrogantes. ¿Quién está más cerca de la
revolución socialista: los colombianos con dos grupos insurgentes muy operativos
o, por ejemplo, los chilenos, con varios gobiernos elegidos democráticamente que
se vienen sucediendo dentro de los patrones de la legalidad capitalista? ¿O el
cambio será gradual, lento y sin traumas, como lo quiere la Revolución
Bolivariana de Venezuela, socialismo por decreto? ¿Es posible cambiar algo?
¿Sigue siendo válido el socialismo revolucionario, o hay que declararlo ya
finiquitado? ¿Qué significan los recién festejados 60 años de “socialismo”
chino, ahora en su versión de socialismo de mercado -y cuarta potencia mundial
en lo económico, con poderosos arsenales nucleares-? ¿Sigue teniendo sentido el
llamado a “enmontañarse” para luchar por un mundo nuevo?
¿Es posible cambiar
algo?
Esto lleva a plantear el papel
de las vanguardias revolucionarias -¡menudo tema!-. ¿Para qué existe un
movimiento político-militar como todas esas guerrillas que funcionaron en
décadas pasadas en Latinoamérica? ¿Son un elemento catalizador de procesos
populares? En Cuba y en Nicaragua, en otros contextos, con un campo socialista
aún vigente, con otros escenarios políticos a nivel internacional, evidentemente
sí sirvieron para disparar procesos de organización popular que resultaron en
cambios políticos profundos. Luego de esas experiencias, ninguna guerrilla pudo
llegar a tomar el poder. El caso del movimiento zapatista en el sur de México es
algo distinto: son un referente, son un laboratorio si se quiere, pero aún no se
puede decir que hayan iniciado un proceso de real de construcción de un nuevo
modelo de sociedad. A no ser que los municipios liberados donde actúan sea el
camino. Otra pregunta para profundizar entonces: ¿socialismo nacional?,
¿socialismo municipal?
Bolivia, Ecuador, Venezuela,
sin movimientos de acción armada que hayan facilitado cambios y en el medio de
andamiajes legales capitalistas, transitan hoy procesos políticos que quizá
pueden ir conduciendo hacia modelos socialistas. ¿Es ese el camino? ¿Qué se
necesita para transformar las sociedades: poderosos movimientos de base como en
Bolivia y en Ecuador, líderes carismáticos como en Venezuela? Obviamente no hay
manual. Décadas atrás se podía ver en las columnas guerrilleras, fusil en mano,
un instrumento para eso. Y en ese contexto se podían pedir “varios Vietnam” en
el mundo como modo de apurar los procesos de transformació n. Hoy día, viendo con
los pies en la tierra que las tecnologías militares de la derecha pueden
detectar y aniquilar una persona en todo el globo terráqueo con una precisión
digna de película de ciencia ficción (por ejemplo, recordemos la recaptura de la
embajada de Japón en Perú en 1996, donde con asistencia satelital y detectores
de calor humano se pudo implementar un contragolpe militar demoledor, sólo como
para dar una pequeña muestra de ese poderío), viendo eso, y además considerando
el grado de desmovilizació n imperante: ¿son una opción válida los movimientos de
acción armada?
Es cierto que después del fabuloso
montaje mediático del 11 de septiembre de 2001 con la peliculesca caída de las
Torres Gemelas quedó oficializada la sentencia: “Toda resistencia, en
cualquier parte del mundo, se haga con un arma o una pluma, denunciando algo o
fomentando la organización de la gente, es terrorismo e insurgencia, y como tal
será castigado”. ¿Qué queda
después de eso? ¿Es válida o no entonces la resistencia del pueblo iraquí? ¿Es
válida o no la resistencia armada en los lugares invadidos por la bota imperial?
En general, ante esta estrategia de guerras preventivas que impuso la Casa
Blanca, ¿es válida o no la resistencia, cualquiera sea?
Tomando esto como matriz de lo que va siendo nuestro
mundo, nuestra aldea global, ¿deja de ser válida entonces la resistencia? Es
cierto que los iraquíes mueren por cantidades industriales con las tropas
estadounidenses dentro de su territorio (ya van más de un millón), pero ¿qué
otra alternativa les queda que resistir de esa manera, fusil en mano o con
bombas caseras eliminando, cuando pueden, a un pobre soldado norteamericano, en
muchos casos negro o latino, tan alejado de Wall Street como cualquier habitante
del Sur? Extendiendo esa matriz al mundo, donde las fuerzas del gran capital
dominan en forma impune, y donde no dejan de poner zancadillas a cada proceso de
liberación que se intenta por aquí o por allá, ¿no es válida toda forma de
resistencia entonces?
Este pequeño escrito no pretende para nada ser un llamado
a la lucha armada. Solamente intenta fomentar un debate por mucho tiempo
silenciado: ¿cuáles son los caminos para conseguir un poco más de justicia?: ¿el
juego de las instituciones democráticas dentro de la legalidad capitalista? , ¿la
organización popular de base?, ¿las vanguardias armadas?, ¿una combinación de
todo ello?, ¿rezar o prender velas para que las cosas
cambien?
Sin dudas que las guerrillas en Latinoamérica no lograron
grandes cambios, porque fuera de los dos países mencionados (y en uno de ellos,
Nicaragua, por poco tiempo), toda la lucha de décadas pasadas no prosperó como
muchos pensaban. ¿Dónde va Colombia con dos movimientos armados en lucha y más
de 50 años de guerra interna? ¿Dónde va el zapatismo: qué logrará en el mediano
y largo plazo? ¿Reaparecerán grupos armados en el corto plazo en América Latina?
¿Y dónde va Bolivia con el actual proceso con sus campesinos indígenas cada vez
más organizados? Hugo Chávez, como militar del ejército venezolano, perseguía
guerrilleros algunas décadas atrás; hoy habla de socialismo del siglo XXI y
tiene algunos ex combatientes en su gabinete. ¿Para dónde va ese experimento?
Son todas preguntas para ampliar, no para cerrar el
debate antes de comenzarlo. Quizá lo más dinámico hoy por hoy en la lucha por
arrancarle al sistema mayores cuotas de justicia son los movimientos populares
que han ido surgiendo estos últimos años, ese “pobretariado” -como lo llamó Frei
Betto- que se va constituyendo en el principal fermento de protesta, en muchos
casos sin mucha direccionalidad política, pero evidentemente con un gran
potencial transformador.
Cerrados los espacios reales de transformació n
económico-social como ha venido pasando en estos últimos años con los planes
neoliberales, más allá de las democracias formales que se mantienen siempre bajo
vigilancia (Honduras es la patética demostración de qué son esas “democracias”,
siempre al borde de poder ser violadas), no es impensable que puedan reaparecer
movimientos armados. Quizá como reacción desesperada, así como puede ser cada
francotirador iraquí apostado en algún rincón de su país (si es que a eso se le
podría llamar “reacción desesperada”) . Sin dudas que la diferencia de potencial
bélico entre la derecha dominante y posibles grupos insurgentes de izquierda es
enorme, mucho mayor hoy que hace algunas décadas cuando surgían las primeras
guerrillas en el continente. Pero también es enorme el retroceso sufrido en el
plano político, por lo que no sería nada impensable que aparezcan esas
respuestas ¿desesperadas?
No estamos proponiéndolas; simplemente estamos diciendo
que, ante la cerrazón de los mecanismos “democráticos” no parecen tan imposibles
nuevas reacciones insurgentes. Ernesto Guevara fue el heroico guerrillero unos
años atrás, en algún sentido casi reverenciado; hoy, ¿sería un loco soñador, un
dinosaurio prehistórico? Sin dudas las cosas son de acuerdo a las
circunstancias. En la década de los 60 del pasado siglo, con toda la ola
libertaria que barría el mundo, con una Revolución Cultural impetuosa en China,
con teorías de cambio dando vueltas por todos los espacios sociales, con
cuestionamientos varios a los poderes constituidos, en esa marea de marea de
cuestionamientos muchos vieron en la lucha armada una opción. Hoy el mundo es
distinto. Entre hiper consumo de show futbolístico por televisión y fanáticas
iglesias evangélicas que dan salida regulada al fabuloso descontento popular, la
energía transformadora se ve bastante golpeada, manipulada, encajonada. ¿Qué
permiten estas actuales democracias vigiladas, de baja intensidad? No mucho.
¿Todo cambio real necesita la movilización, la fuerza, la protesta subida de
tono, tal como son estos “violentos” movimientos populares que barren el
continente sin ser partidos políticos ni grupos organizados: movimientos
indígenas, campesinos sin tierra, desocupados, jóvenes sin futuro, piqueteros,
etc.? Sin dudas. Nos guste o no, la violencia sigue siendo la partera de la
historia.
En todo caso, todo este escrito es un simple comentario y no un llamado a
la acción armada concreta. Más precisamente, es una invitación a debatir estos
puntos: no sería imposible que los movimientos armados de izquierda reaparezcan,
dadas las dinámicas políticas que se van dando en la región. Quizá eso sería
entrar en un nuevo espiral de contra-violencia estatal, peor aún al sufrido años
atrás, con ejércitos más represores que los que ya pasaron. Pero hay que
entender la dinámica en juego; si ello sucediera es, como dijo el sub-comandante
Marcos en Chiapas, porque “tomamos las armas
para abrir paso a un mundo en el que ya no sean necesarios los
ejércitos”.
El debate está
abierto.